China - India

Escrito el Monday 12 November 2007

China e India, son dos países que están marcando la pauta de lo que será nuestro futuro. Tanto es así que de no ser por China, Chile hoy no podría estar diseñando la Reforma a las Pensiones. La Reforma y muchas de las acciones que hoy está tomando el estado chileno se sustentan en los excedentes que ha dejado el cobre gracias al desarrollo en infraestructura que ha tenido China. Aquí les dejo un artículo que muestra las tendencias de ambas naciones. Lo que nos muestra que de excedentes no seguiremos viviendo toda la vida, y que invertir en educación, emprendimiento y desarrollo tecnológico es urgente.

Contrastes y coincidencias:
Las distintas apuestas de China e India al desarrollo.
por Álvaro Fischer Abeliuk. Diario El Mercurio.

Herederos de tradiciones culturales milenarias, las dos potencias asiáticas tienen en común grandes poblaciones y, también, un acelerado crecimiento económico. La gran diferencia entre ambas, eso sí, son la infraestructura y los adelantos tecnológicos de algunas ciudades chinas, versus el antiguo y desordenado look de toda India.

China e India son países herederos de tradiciones culturales milenarias que provocan la admiración de muchos, han sido la cuna de pensamientos religiosos y filosóficos que intrigan y cautivan a otros tantos y entre ambos suman casi el 40% de la población mundial, argumentos suficientes para atraer la atención del mundo. Sin embargo, lo que más ha fijado la mirada hacia ellos en el último tiempo es su acelerado crecimiento económico.

China ha estado creciendo a cifras cercanas al 10% por casi 30 años e India lo ha hecho a un promedio de casi 7% durante 15 años, aunque su tasa actual es de 9% y va en aumento. Esto se traduce en una mejoría de las condiciones de vida para cientos de millones de habitantes -quizás miles de millones en las próximas décadas-, permitiéndoles salir de la pobreza a buena parte de ellos, introduciendo un impresionante cambio en la realidad social del mundo y generando una paulatina redistribución del poder mundial, cuya trayectoria y consecuencias no son posibles de anticipar aún.

Los gobiernos de ambos países perciben el avance logrado y están orgullosos de él, y sus esfuerzos están encaminados a mantener la senda seguida y la velocidad por la que la transitan. Esa coincidencia en objetivos y logros se da en medio de interesantes e intrigantes diferencias en estilos y medios, lo que torna aún más fascinante el fenómeno.

La infraestructura

La provincia de Anhui, famosa por sus montañas amarillas, tiene como capital a Hefei. Esta se encuentra hacia el noroeste de Shanghai, y su moderno aeropuerto está conectado con la ciudad por avenidas de cuatro pistas por lado, en las que se recorren nuevos barrios con modernos departamentos de vivienda y edificios de oficina, en medio de un frenesí constructivo impresionante, coronado por un flamante edificio municipal que sería la envidia de cualquier gran corporación chilena.

Por su parte, el barrio de Pudong en Shanghai, ubicado en la orilla este del río Huan Pu, tiene su propia gobernación, la que ha desarrollado en ese sector un moderno complejo arquitectónico con parques, edificios, museos, centros tecnológicos y oficinas de todo tipo, que compiten por desplegar riqueza y poderío, incluyendo el próximo a inaugurarse edificio más alto de Asia.

En Beijing, la capital, la inversión en infraestructura ha sido de 140 mil millones de dólares en los últimos cinco años, coronada por la preparación para los Juegos Olímpicos del próximo año, en que los edificios símbolo -el estadio olímpico llamado “nido de pájaros” y el de natación o “cubo de hielo”- son una muestra de lo más notable que la arquitectura mundial pueda exhibir. Ese despliegue ha hecho desaparecer casi literalmente los restos de las ciudades tradicionales que antes allí existían, dándole a la China un aspecto más internacional y menos autóctono del que se anticipa.

En contraste con ello, la India muestra una escasa renovación urbana, una incipiente inversión en infraestructura caminera, de puertos o aeropuertos, que le confiere a sus ciudades un aspecto gastado, antiguo y desordenado. El India Institute of Technology (IIT) de Mumbai, famoso por la calidad de sus estudiantes -uno de cada setenta postulantes son aceptados-, cuenta con un edificio modesto y añoso. El aspecto de sus ciudades es de mediados del siglo pasado. Sin embargo, India está logrando las mismas tasas de crecimiento que China, quedándole aún la opción de intervenir fuertemente el sector infraestructura, para mantener o acelerar ese crecimiento.

El modelo político

Por otra parte, la India es la democracia más grande del mundo. Desde el punto de vista del desarrollo, eso le impone las restricciones de la democracia, pero a la vez la dota de sus virtudes. Un economista indio lo graficaba de la siguiente manera: “En la India, si queremos construir una carretera entre A y B, no podemos hacerlo en línea recta, pues debemos acomodar el trazado a la posible existencia de un templo hindú entre medio, quizás más adelante la de una mezquita e incluso la de una iglesia católica. En otros países -en clara alusión a China- se puede construir siempre en línea recta”.

Con ello quiso indicar que en una democracia se deben negociar los conflictos de intereses conforme a reglas preestablecidas, y eso no siempre permite las soluciones que en el papel parecen óptimas. Pero, a su vez, eso permite la existencia de una sociedad abierta, en que los conflictos están sobre la mesa y no larvados, que admite más diversidad de posiciones y de opciones, y, con ello, más creatividad.

El modelo chino es distinto. No hay una democracia como se entiende en Occidente, pues el Partido Comunista gobierna y decide, sin opciones alternativas. Pero ello lo hace en un esquema pragmático, que admite la propiedad privada, la inversión extranjera y los incentivos como reglas del juego económicas.

Wang Qinshan -recientemente designado alcalde de Beijing e incorporado al Politburó de 25 miembros que maneja al Partido Comunista- lo ilustró muy bien en la ceremonia en que firmó el convenio de cooperación y hermandad con el alcalde de Santiago, Raúl Alcaíno. En su discurso dijo que el reciente congreso del PC chino había ratificado al “socialismo con particularidades chinas”, como la forma de desarrollo de su país. Luego del brindis, ya más distendido, recordó que hace 20 años había trabajado en una corporación financiera del gobierno chino, donde tuvo que decidir la adquisición de una planta de harina de pescado en Chile y que para ello se había hecho asesorar por ¡el banco J.P. Morgan!

Una notable muestra de pragmatismo.

Así como la disciplina y autoridad del gobierno chino le permiten construir carreteras en línea recta, ello lo hace corriendo el riesgo de acumular descontentos y resistencias que no tienen canales de expresión, y que pueden cobrar la factura en algún momento.

Con todo, para desarrollarse, China e India han adoptado, con las particularidades de cada caso, esquemas de mercado en lo productivo y apertura en lo comercial, que ya son estándar en el mundo. Ambos exportan crecientes cantidades de bienes y servicios a cada vez mayor cantidad de países: China más bienes e India más servicios, China más hardware e India más software. China montado sobre una infraestructura recién instalada e India sobre un chasís usado. Pero más allá de sus diferencias, ambos han perseverado -30 años la China y 15 años la India- en sus estrategias de desarrollo y han persistido con convicción en esos esfuerzos.

Las lecciones para Chile

Siguiendo ese ejemplo, nuestro país debe insistir en aquello que nos permite crecer aceleradamente, perseverando en las herramientas que sabemos conducen a ello y evitando caer en la impaciencia. Esa impaciencia que vemos surgir justo cuando el esfuerzo comienza a rendir frutos, esa impaciencia que lleva a algunos a querer modificar el modelo o a querer repartir la riqueza antes de continuar creándola. Ese es un error. No hay sustituto al esfuerzo. No hay reemplazo para el trabajo. No hay atajos mágicos para lograr el progreso. No hay mejores condiciones de vida si se privilegia la distribución de la riqueza por sobre la creación de ella. China e India lo están demostrando.


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